Patrones y conocimiento

Recientemente me llegó un correo electrónico que decía lo siguiente: Sgeún un eiudsto e una uinsrvdiead iglensa, no iomtpra el odern en el que las lerats eátsn ectasirs, la úcina csoa inrmptoate es que la prirmea y úlimta lreta eétsn esracits en la poóicisn ccrertoa. El esto peduen eastr ttmeatolne mal y aún párdos lelreo sin poamblers. Etso es pruoqe no leeoms cdaa ltrea por sí mmsia, snio la pbarlaa cmoo un tdoo. Peonmrestalne me pacere ilnírebce.

Aunque probablemente la mayoría de los lectores puedan entender el párrafo en cuestión, he aquí la “traducción” al español perfectamente correcto: Según un estudio de una universidad inglesa, no importa el orden en el que las letras están escritas, la única cosa importante es que la primera y última letra estén escritas en la posición correcta. El resto pueden estar totalmente mal y aún podrás leerlo sin problemas. Esto es porque no leemos cada letra por sí misma, sino la palabra como un todo. Personalmente me parece increíble.

Aparentemente esto ocurre no sólo en español sino en la mayoría de los idiomas. Por cierto, he desarrollado un programita para generar este tipo de textos, sólo por diversión. Quien lo quiera, mándeme un mensaje de correo electrónico a morsa@la-morsa.com y a vuelta de correo le llegará el programa, escrito en Delphi 7, incluyendo el código fuente.

 

Así, si creíamos que leemos letra por letra un texto, pues nos hemos equivocado. Aparentemente nuestros cerebros han asimilado una serie de patrones, que no son otra cosa que las palabras, las cuales se codifican y se guardan de manera misteriosa, pero sin duda, de forma muy eficiente, de manera que al ver una palabra, en lugar de leerla y armarla letra por letra, lo que estamos haciendo es simplemente buscar en nuestro acervo de palabras para ver si está y la reconocemos.

 

De ser cierta esta idea, lo cual parece serlo, encontraríamos una explicación a ese misterioso fenómeno de los errores en un texto que escribimos, y que solamente encontramos después de haberlo impreso. Es decir, no importa las veces que lo revisemos en la pantalla de la computadora, es regla general que cuando se imprime el documento encontramos errores que nunca vimos. Probablemente ya tengamos una razón por lo cual esto ocurra.

 

Sin embargo, aunque me parece que este descubrimiento acerca de las palabras tiene todavía que estudiarse, es claro que no necesariamente se cumple la premisa del correo en cuestión.

 

Imaginemos que escribimos esta palabra: “Hirseebneg” con la técnica descrita en el correo electrónico mencionado. ¿A qué palabra nos estamos refiriendo? Difícil saberlo si no tenemos contexto y he aquí un punto interesante.

 

El cerebro puede seguir un texto mal escrito, pero en el cual nosotros, los “lectores”, sabemos que se nos está hablando de algo en particular, entonces podemos de alguna forma seguirle la pista de manera subconsciente; es decir, nos ayudamos internamente asumiendo cosas para así poder entender el texto.

 

En el caso de la palabra mencionada, no tenemos contexto ni información complementaria al respecto. No obstante, si indico que es el apellido de un famoso físico, entonces podrán decirme con cierta alegría: “¡Ajá, se trata de Heisenberg!”, Y entonces ahora todo parece quedar claro, ¿verdad?

 

El punto fino aquí es que cuando se habla de este tipo de fenómenos, se nos olvida que el ser humano tiene una especie de conocimiento del mundo exterior. Así, las palabras por sí mismas ya definen una serie de patrones dentro de la cabeza de los individuos y, sin embargo, no es suficiente para poder leer un texto mal escrito porque nos hace falta entender ese conocimiento intrínseco que tienen los humanos del mundo que les rodea.

 

Supongamos, entonces, que armamos un texto mal escrito de un tema por demás muy especializado y con un lenguaje verdaderamente técnico. Apuesto que aunque sigamos las indicaciones del estudio de la universidad inglesa, no podremos fácilmente desentrañar de qué diablos habla el texto en cuestión.

 

Pienso que aún hay mucha tela de dónde cortar.

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